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Constituci?n Dogm?tica sobre La Divina Revelaci?n

Promulgada solemnemente por S.S. el Papa Paulo VI
el 18 de noviembre de 1965


Introducci?n Hist?rica

Los historiadores del Concilio hablar?n largamente de la Constituci?n dogm?tica (Dei Verbum) como de la de gestaci?n m?s dram?tica, porque dio lugar a un giro cardinal de la orientaci?n de aqu?l, al mes de comenzado, despu?s de un debate intenso, una votaci?n que apasion? a muchos y una intervenci?n personal del papa Juan XXIII. Aqu? bastar? la indicaci?n sumaria de n?meros y fechas.

La Comisi?n antepreparatoria del Concilio encontr? 102 proposiciones, que condensaban las sugerencias llegadas de todo el mundo sobre problemas de la Sagrada Escritura La Comisi?n teol?gica preparatoria, presidida por el Cardenal Ottaviani, elabor? diversos esbozos, entre los que ocupaba puesto importante el tema de las "fuentes de la Revelaci?n", y a fines de 1961 exist?a ya un esquema de Constituci?n dogm?tica, que fue sucesivamente corregido, aprobado por el Papa en julio de 1962 y distribuido.

Comenzado el Concilio, el tema de las fuentes de la Revelaci?n ocup? el segundo lugar en los debates, a los que precedi? una presentaci?n del Cardenal Ottaviani y la acostumbrada relaci?n del ponente. Las discusiones duraron del 14 al 21 de noviembre de 1962. Tomaron parte en ellas 104 oradores, y qued? de manifiesto tan llamativo contraste entre dos tendencias conciliares, que el Consejo de presidencia crey? necesario hacer una votaci?n exploratoria antes de proseguir. La exploraci?n dio por resultado que 1.368 Padres deseaban la interrupci?n de los debates, 822 su continuaci?n y 19 votos fueron nulos. La forma indirecta en que se hizo la consulta cre? una situaci?n dif?cil, porque los 1.368 votos no alcanzaban los dos tercios de votos requeridos (1.473) para retirar el esquema; pero seguir discuti?ndolo no llevaba a ning?n puerto, si era evidente la mayor?a contraria a ?l (1.368 contra 822). Intervino Juan XXIII, que orden? la retirada del texto y la formaci?n de una Comisi?n mixta, presidida por los Cardenales Ottaviani y Bea, que lo reelaborase.

El 23 de abril de 1963, Juan XXIII autoriz? la distribuci?n del nuevo esquema a los Padres, sobre el cual, como era de prever, cayeron miles de observaciones. Con ellas a la vista, se Ileg? trabajosamente a otra redacci?n, lista a mediados de 1964, cuyo env?o autoriz? Pablo VI el 3 de julio. Esta es la que se discuti? en la tercera etapa conciliar del 30 de septiembre al 6 de octubre de 1964, con intervenci?n de 69 oradores.

El debate dio materia para redactar otra vez el esquema entero que fue distribuido antes de que los Padres conciliares se dispersaran, pero sin tiempo ya para discusi?n alguna. Estas encontraron lugar en la ?ltima etapa, del 20 al 22 de septiembre de 1965.

La Comisi?n tuvo a?n que discriminar las sugerencias aceptables de los votos ?iuxta modum?, y naci? as? el texto definitivo. El 29 de octubre era votado y aprobado por 2.081 votos favorables frente a 27 desfavorables y siete nulos, resultado tanto m?s alegre cuanto m?s se comparaba con los comienzos pol?micos del documento.

El 18 de noviembre, en sesi?n p?blica, el voto final fue a?n m?s decisivo (2.344 a favor y seis en contra), y Pablo VI procedi? a la promulgaci?n solemne.


Proemio

1. La Palabra de Dios la escucha con devoci?n y la proclama con valent?a el Santo Concilio, obedeciendo a aquellas palabras de Juan: Os anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y se nos manifest?. Lo que hemos visto y o?do os lo anunciamos para que tambi?n vosotros viv?is en esta uni?n nuestra que nos une con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn 1,2-3). Y as?, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, este Concilio quiere proponer la doctrina aut?ntica sobre la revelaci?n y su transmisi?n: para que todo el mundo con el anuncio de la salvaci?n, oyendo crea, y creyendo espere, y esperando ame (1).

Cap?tulo I

Naturaleza de la Revelaci?n

[Naturaleza y objeto de la Revelaci?n]

2. Quiso Dios, con su bondad y sabidur?a, revelarse a S? mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Esp?ritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2 Pe, 1,4). En esta revelaci?n, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; Juan 15,14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compa??a. El plan de la revelaci?n se realiza por obras y palabras intr?nsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvaci?n manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvaci?n del hombre que transmite dicha revelaci?n, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelaci?n (2).

[Preparaci?n de la revelaci?n evang?lica]

3. Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1,3), ofrece a los hombres en la creaci?n un testimonio perenne de s? mismo (cf. Rom 1,19-20); queriendo adem?s abrir el camino de la salvaci?n sobrenatural, se revel? desde el principio a nuestros primeros padres. Despu?s de su ca?da, los levant? a la esperanza de la salvaci?n (cf. Gen 3,15), con la promesa de la redenci?n; despu?s cuid? continuamente del g?nero humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvaci?n con la perseverancia en las buenas obras (cf. Rom 2, 6-7). Al llegar el momento, llam? a Abrah?n para hacerlo padre de un gran pueblo (cf. Gen 12, 2-3). Despu?s de la edad de los patriarcas, instruy? a dicho pueblo por medio de Mois?s y los profetas, para que lo reconociera a El como Dios ?nico y verdadero, como Padre providente y justo juez; y para que esperara al Salvador prometido. De este modo fue preparando a trav?s de los siglos el camino del Evangelio.

[En Cristo culmina la revelaci?n]

4. Dios habl? a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo (Hebr 1,1-2). Pues envi? a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, "hombre enviado a los hombres" (3) habla las palabras de Dios (Jn 3,34) y realiza la obra de la salvaci?n que el Padre le encarg? (cf. Jn 5,36; 17,4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14,9); El, con su presencia y manifestaci?n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci?n, con el env?o del Esp?ritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci?n y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios est? con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna.

La econom?a cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasar?; ni hay que esperar otra revelaci?n p?blica antes de la gloriosa manifestaci?n de Jesucristo nuestro Se?or (cf. 1 Tim 6,14; Tit 2,13).

[La revelaci?n debe recibirse con fe]

5. Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe (cf. Rom 16,26; comp. con Rom 1,5; 2 Cor 10,5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad" (4), asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Esp?ritu Santo, que mueve el coraz?n, lo dirige a Dios, abre los ojos del esp?ritu y concede "a todos gusto en aceptar y creer la verdad" (5). Para que el hombre pueda comprender cada vez m?s profundamente la revelaci?n, el Esp?ritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.

[Las verdades reveladas]

6. Por medio de la revelaci?n Dios quiso manifestarse a S? mismo y sus planes de salvar al hombre, para que el hombre "se haga part?cipe de los bienes divinos, que superan totalmente la inteligencia humana" (6).

El santo S?nodo profesa que el hombre "puede conocer ciertamente a Dios con la raz?n natural, por medio de las cosas creadas" (cf. Rom 1,20) y ense?a que, gracias a dicha revelaci?n, "todos los hombres, en la condici?n presente de la humanidad, pueden conocer f?cilmente, con absoluta certeza y sin error las realidades divinas, que en s? no son inaccesibles a la raz?n humana" (7).

Cap?tulo II

Transmisi?n de la Revelaci?n Divina

[Los Ap?stoles y sus sucesores transmisores del Evangelio]

7. Dios quiso que lo que hab?a revelado para salvaci?n de todos los pueblos se conservara por siempre ?ntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Se?or, plenitud de la revelaci?n (cf. 2 Cor 1,20 y 3,16-4,6), mand? a los Ap?stoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta (1), comunic?ndoles as? los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumpli? y promulg? con su boca. Este mandato se cumpli? fielmente, pues los Ap?stoles, con su predicaci?n, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que hab?an aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Esp?ritu Santo les ense??; adem?s, los mismos Ap?stoles y otros de su generaci?n pusieron por escrito el mensaje de la salvaci?n inspirados por el Esp?ritu Santo (2).

Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Ap?stoles nombraron como sucesores a los Obispos, "dej?ndoles su cargo en el magisterio" (3). Esta Tradici?n, con la Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el d?a en que llegue a verlo cara a cara, como El es (cf. 1 Jn 3,2).

[La sagrada Tradici?n]

8. La predicaci?n apost?lica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisi?n continua hasta el fin del tiempo. Por eso los Ap?stoles, al transmitir lo que recibieron, avisan a los fieles que conserven las tradiciones aprendidas de palabra o por carta (cf. 2 Tes 2,15) y que luchen por la fe ya recibida (cf. Jds 3) (4). Lo que los Ap?stoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios; as? la Iglesia con su ense?anza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree.

Esta Tradici?n apost?lica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Esp?ritu Santo (5); es decir, crece la comprensi?n de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repas?ndolas en su coraz?n (cf. Lc 2,19.51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los Obispos, sucesores de los Ap?stoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a trav?s de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios.

Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradici?n, cuyas riquezas van pasando a la pr?ctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora. La misma Tradici?n da a conocer a la Iglesia el canon de los Libros sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga siempre activos. As? Dios, que habl? en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; as? el Esp?ritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3,16).

[Mutua relaci?n entre Tradici?n y Escritura]

9. La Tradici?n y la Escritura est?n estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiraci?n del Esp?ritu Santo. La Tradici?n recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Esp?ritu Santo a los Ap?stoles, y la transmite ?ntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Esp?ritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicaci?n. Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y as? ambas se han de recibir y respetar con el mismo esp?ritu de devoci?n (6).

[Escritura, Tradici?n y Magisterio]

10. La Tradici?n y la Escritura constituyen el dep?sito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho dep?sito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la Doctrina apost?lica y en la uni?n, en la eucarist?a y la oraci?n (cf. Act 2,42 gr.), y as? se realiza una maravillosa concordia de Pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida (7).

El oficio de interpretar aut?nticamente la palabra de Dios, oral o escrita (8), ha sido encomendado s?lo al Magisterio vivo de la lglesia (9), el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no est? por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para ense?ar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Esp?ritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este ?nico dep?sito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser cre?do.

As?, pues, la Tradici?n, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, seg?n el plan prudente de Dios, est?n unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno seg?n su car?cter, y bajo la acci?n del ?nico Esp?ritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvaci?n de las almas.

Cap?tulo III

Inspiraci?n Divina e Interpretaci?n de la Sagrada Escritura

[Inspiraci?n y verdad de la Escritura]

11. La revelaci?n que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiraci?n del Esp?ritu Santo. La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los Ap?stoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y can?nicos, en cuanto que, escritos por inspiraci?n del Esp?ritu Santo (Jn 20, 31; 2 Tim 3,16; 2 Pe 1,19-21, 3,15-16), tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia (1). En la composici?n de los Libros sagrados, Dios se vali? de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos, (2) de este modo obrando Dios en ellos y por ellos (3), como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y s?lo lo que Dios quer?a (4).

Como todo lo que afirman los hagi?grafos, o autores inspirados, lo afirma el Esp?ritu Santo, se sigue que los Libros sagrados ense?an s?lidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvaci?n nuestra (5). Por tanto, toda la Escritura, inspirada por Dios, es ?til para ense?ar, reprender, corregir, instruir en la justicia, para que el hombre de Dios est? en forma, equipado para toda obra buena (2 Tim 3, 16-17 gr.).

[C?mo hay que interpretar la Escritura]

12. Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano (6), por lo tanto, el int?rprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atenci?n lo que los autores quer?an decir y Dios quer?a dar a conocer con dichas palabras.

Para descubrir la intenci?n del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los g?neros literarios. Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa ?ndole hist?rica, en libros prof?ticos o po?ticos, o en otros g?neros literarios. El int?rprete indagar? lo que el autor sagrado dice e intenta decir, seg?n su tiempo y cultura, por medio de los g?neros literarios propios de su ?poca (7). Para comprender exactamente lo que el autor propone en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en tiempo del escritor, y tambi?n las expresiones que entonces m?s se sol?an emplear en la conversaci?n ordinaria (8).

La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Esp?ritu con que fue escrita (9): por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradici?n viva de toda la Iglesia, la analog?a de la fe. A los ex?getas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretaci?n de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibi? de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios (10).

[La condescendencia de Dios]

13. Sin mengua de la verdad y de la santidad de Dios, la sagrada Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios, "para que aprendamos su amor inefable y c?mo adapta su lenguaje a nuestra naturaleza con su providencia sol?cita" (11). La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra d?bil condici?n humana, se hizo semejante a los hombres.

Cap?tulo IV

El Antiguo Testamento

[La historia de la salvaci?n en el Antiguo Testamento]

14. Deseando Dios con su gran amor preparar la salvaci?n de toda la humanidad, escogi? a un pueblo en particular a quien confiar sus promesas. Hizo primero una alianza con Abrah?n (cf. Gen 15,18); despu?s, por medio de Mois?s (cf. Ex 24,8), la hizo con el pueblo de Israel, y as? se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones (cf. Sal 21,28-29; 95,1-3; Is 2,1-4; Jer 3,17). La econom?a de salvaci?n, anunciada, contada y explicada por los escritores sagrados, se encuentra, hecha palabra de Dios, en los libros del Antiguo Testamento; por eso dichos libros inspirados conservan para siempre su valor: Todo lo que est? escrito, se escribi? para ense?anza nuestra; de modo que por la perseverancia y el consuelo de las Escrituras, mantengamos la esperanza (Rom 15,4).

[Importancia del Antiguo Testamento]

15. El fin principal de la econom?a antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal, y de su reino mesi?nico, anunciarla prof?ticamente (cf. Lc 24,44; Jn 5,39; 1 Pe 1,10), representarla con diversas im?genes (cf. 1 Cor 10,11). Los libros del Antiguo Testamento, seg?n la condici?n de los hombres antes de la salvaci?n establecida por Cristo, muestran a todos el conocimiento de Dios y del hombre y el modo como Dios, justo y misericordioso, trata con los hombres. Estos libros, aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros, nos ense?an la pedagog?a divina (1). Por eso los cristianos deben recibirlos con devoci?n, porque expresan un vivo sentido de Dios, contienen ense?anzas sublimes sobre Dios y una sabidur?a salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de oraci?n y esconden el misterio de nuestra salvaci?n.

[Unidad de ambos Testamentos]

16. Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera el Antiguo (2). Pues, aunque Cristo estableci? con su sangre la nueva alianza (cf. Lc 22,20; 1 Cor 11,25), los libros ?ntegros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicaci?n evang?lica, (3) alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento (cf. Mt 5, 17; Lc 24,2 7; Rom 16,25-26; 2 Cor 3,14-16) y a su vez lo iluminan y lo explican.

Cap?tulo V

El Nuevo Testamento

[Excelencia del Nuevo Testamento]

17. La palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvaci?n del que cree (cf. Rom 1,16), se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento. Cuando lleg? la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), la Palabra se hizo carne y habit? entre nosotros llena de gracia y de verdad (cf. Jn 1,14). Cristo estableci? en la tierra el reino de Dios, se manifest? a s? mismo y a su Padre con obras y palabras, llev? a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Esp?ritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos hacia s? (cf. Jn 12, 32 gr.), pues es el ?nico que posee palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68). A otras edades no fue revelado este misterio, como lo ha revelado ahora el Esp?ritu Santo a los Ap?stoles y Profetas (cf. Ef 3,4-6 gr.) para que prediquen el Evangelio, susciten la fe en Jes?s Mes?as y Se?or, y congreguen la Iglesia. De esto dan testimonio divino y perenne los escritos del Nuevo Testamento.

[Origen apost?lico]

18. Todos saben que entre los escritos del Nuevo Testamento sobresalen los Evangelios, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador.

La Iglesia siempre y en todas partes ha mantenido y mantiene que los cuatro Evangelios son de origen apost?lico. Pues lo que los Ap?stoles predicaron por mandato de Jesucristo, despu?s ellos mismos con otros de su generaci?n lo escribieron por inspiraci?n del Esp?ritu Santo y nos lo entregaron como fundamento de la fe: el Evangelio cu?druple, seg?n Mateo, Marcos, Lucas y Juan (1).

[Car?cter hist?rico]

19. La santa madre lglesia ha defendido siempre y en todas partes, con firmeza y m?xima constancia, que los cuatro Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo que Jes?s, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y ense?? realmente para la eterna salvaci?n de los mismos hasta el d?a de la ascensi?n (cf. Hch 1,1-2). Despu?s de este d?a, los Ap?stoles comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensi?n que les daban la resurrecci?n gloriosa de Cristo (2) y la ense?anza del Esp?ritu de la verdad (3). Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradici?n oral o escrita, reduci?ndolos a s?ntesis, adapt?ndolos a la situaci?n de las diversas Iglesias, conservando el estilo de Ia proclamaci?n: as? nos transmitieron siempre datos aut?nticos y genuinos acerca de Jes?s (4). Sac?ndolo de su memoria o del testimonio de los "que asistieron desde el principio y fueron ministros de la palabra", lo escribieron para que conozcamos la "verdad" de lo que nos ense?aban (cf. Lc 1,2-4).

[Otros escritos del Nuevo Testamento]

20. El canon del Nuevo Testamento, adem?s de los cuatro Evangelios, comprende las cartas de Pablo y otros escritos apost?licos inspirados por el Esp?ritu Santo. Estos libros, seg?n el sabio plan de Dios, confirman la realidad de Cristo, van explicando su doctrina aut?ntica, proclaman la fuerza salvadora de la obra divina de Cristo cuentan los comienzos y la difusi?n maravillosa de la lglesia, predicen su consumaci?n gloriosa.

El Se?or Jes?s asisti? a sus Ap?stoles, como lo hab?a prometido (cf. Mt 28,20), y les envi? el Esp?ritu Santo, que los fuera introduciendo en la plenitud de la verdad (cf. Jn 16,13).

Cap?tulo VI

La Sagrada Escritura en la Vida de la Iglesia

[Veneraci?n por la Escritura]

21. La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradici?n, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Ap?stoles y los Profetas hace resonar la voz del Esp?ritu Santo. Por tanto, toda la predicaci?n de la lglesia, como toda la religi?n cristiana se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura. En los Libros Sagrados, el Padre, que esta en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente l?mpida y perenne de vida espiritual. Por eso se aplican a la Escritura de modo especial aquellas palabras: La palabra de Dios es viva y en?rgica (Hebr 4,12), puede edificar y dar la herencia a todos los consagrados (Hch 20,32; cf. 1 Tes 2,13).

[Traducciones bien cuidadas]

22. Los fieles han de tener f?cil acceso a la Sagrada Escritura. Por eso la Iglesia desde el principio hizo suya la traducci?n del Antiguo Testamento llamada de los Setenta; y siempre ha honrado las dem?s traducciones, orientales y latinas; y entre ?stas, la Vulgata. Pero como la palabra de Dios tiene que estar disponible en todas las edades, la Iglesia procura con cuidado materno que se hagan traducciones exactas y adaptadas en diversas lenguas, sobre todo partiendo de los textos originales. Si se ofrece la ocasi?n de realizar dichas traducciones en colaboraci?n con los hermanos separados, contando con la aprobaci?n eclesi?stica, las podr?n usar todos los cristianos.

[Deberes de los ex?getas y de los te?logos]

23. La Iglesia, esposa de la Palabra hecha carne, instruida por el Esp?ritu Santo, procura comprender cada vez m?s profundamente la Escritura para alimentar constantemente a sus hijos con la palabra de Dios; por eso fomenta el estudio de los Padres de la Iglesia, orientales y occidentales, y el estudio de la liturgia. Los ex?getas cat?licos y los dem?s te?logos han de trabajar en com?n esfuerzo y bajo la vigilancia del Magisterio para investigar con medios oportunos la Escritura y para explicarla, de modo que se multipliquen los ministros de la palabra capaces de ofrecer al pueblo de Dios el alimento de la Escritura, que alumbre el entendimiento, confirme la voluntad, encienda el coraz?n en amor a Dios (1). El santo S?nodo anima a todos los que estudian la Escritura a continuar con todo empe?o, con fuerzas redobladas, seg?n el sentir de la Iglesia, el trabajo felizmente comenzado (2).

[Escritura y Teolog?a]

24. La teolog?a se apoya, como en cimiento perdurable, en la Sagrada Escritura unida a la Tradici?n; as? se mantiene firme y recobra su juventud, penetrando a la luz de la fe la verdad escondida en el misterio de Cristo. La Sagrada Escritura contiene la palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente palabra de Dios; por eso la Escritura debe ser el alma de la teolog?a (3).

El ministerio de la palabra, que incluye la predicaci?n pastoral, la catequesis, toda la instrucci?n cristiana y en puesto privilegiado la homil?a, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad.

[Lectura asidua de la Escritura]

25. Por eso, todos los cl?rigos, especialmente los sacerdotes, di?conos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse "predicadores vac?os de la palabra, que no la escuchan por dentro" (4); y han de comunicar a sus fieles, sobre todo en los actos lit?rgicos, las riquezas de la palabra de Dios. El santo S?nodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Phil 3,8), "pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo." (5) Acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobaci?n o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompa?ar la oraci?n para que se realice el di?logo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras" (6).

Los Obispos, "como transmisores de la doctrina apost?lica" (7), deben instruir a sus fieles en el uso recto de los libros sagrados, especialmente del Nuevo Testamento y de los Evangelios, empleando traducciones de la Biblia provistas de comentarios que realmente expliquen; as? podr?n los hijos de la Iglesia manejar con seguridad y provecho la Escritura y penetrarse de su esp?ritu.

Procuren la elaboraci?n de traducciones anotadas para uso de los no cristianos y adaptadas a su condici?n, y procuren difundirlas discretamente los mismos Pastores o los cristianos de cualquier estado.

26. Que de este modo, por la lectura y estudio de los Libros sagrados, se difunda y brille la palabra de Dios (2 Tes 3,1); que el tesoro de la revelaci?n encomendado a la Iglesia vaya llenando el coraz?n de los hombres. Y como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participaci?n asidua del misterio eucar?stico, as? es de esperar que recibir? nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoci?n a la palabra de Dios, que dura para siempre (Is 40,8; 1 Pe 1,23-25).

Todas y cada una de las cosas que en esta Constituci?n se disponen recibieron el benepl?cito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apost?lica que nos ha sido otorgada por Cristo, juntamente con los venerables Padres, las aprobamos en el Esp?ritu Santo, decretamos y estatuimos y ordenamos que se promulgue para gloria de Dios lo que ha sido conciliarmente establecido.

Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.

Constituci?n promulgada en la sesi?n p?blica del 18 de noviembre de 1965. Texto original en AAS 58 (1966) 817-835.


NOTAS

Proemio

Art?culo 1:

1. Cf. San Agust?n, De catechizandis rudibus 4,8: PL 40,316.

Cap?tulo I

Art?culo 2:

2. Cf. Mt 11,27; Jn 1,14 y 17; 14,6; 17,1-3; 2 Cor 3,16; 4,6; Ef 1,3-14.

Art?culo 4:

3. Epist. ad Diognetum c. 7,4: Funk, Patres Apostolici 1 p. 403.

Art?culo 5:

4. Conc. Vat. I, const. dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 3: DENZ. 1789 (3008).

5. Conc. Aragus. II, can. 7: DENZ. 180 (377). Conc. Vat. I,1. c: DENZ. 1791 (3010).

Art?culo 6:

6. Conc. Vat. 1. Const. dogm?tica de fe cat?lica Dei Filius c. 2: DENZ 1786 (3005).

7. Ibid.: DENZ. 1785 Y 1786 (3004 Y 3005).

Cap?tulo II

Art?culo 7:

1. Cf. Mt 28,19-20; Mc 16,15. Conc. Trident., decr. De Canonicis Scripturis: DENZ. 783 (1501).

2. Cf. Conc. Trident., I.c. Conc. Vat. 1., Const. Dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 2: DENZ 1787 (3006).

3. San Ireneo, Adv. haer. III 3,1: PG 7,848; HARVEY 2 p. 9.

Art?culo 8:

4. Cf. Conc. Niceo II: DENZ. 303 (602). Conc. Constant. IV, ses. 10 can. 1 DENZ. 336 (650-652).

5. Cf. Conc. Vat. I, cons. dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 4: DENZ. 1800 (3020).

Art?culo 9:

6. Cf. Conc. Triden., decreto De canonicis Scripturis: DENZ. 783 (1501).

Art?culo 10:

7. Cf. P?o XII, const. apost. Munificentissimo Deus, del 1 de noviembre de 1950: AAS 42 (1950) 756, relacionada con las palabras de San Cipriano: "La Iglesia, plebe aunada a su Sacerdote y grey adherida a su Pastor": Epist. 66, 8: CSEL, IIIB p. 733.

8. Cf. Conc. Vat. I, const. dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 3: DENZ. 1792 (3011).

9. Cf. P?o XII, enc. Humani generis, del 12 de agosto de 1950: AAS 42 (1950) 568-569; DENZ. 2314 (3886).

Cap?tulo III

1. Cf. Conc. Vat. I, const. dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 2: DENZ. 1787 (3006) Pont. Comm. Biblica, decr. del 18 de junio de 1915: DENZ 2180 (3629); EB 420. S. C. S. Oficio, carta del 22 de diciembre dl 1923 EB 499.

2. Cf. P?o Xll, enc. Divino Afflante Spiritu, 30 de septiembre de 1943: AAS 35 (1943) 14; EB 556.

3. En y por el hombre; cf. Hebr 1,1; 4,7 (en); 2 Sam 23,2, Mt 1,22 y frecuentemente (por); Conc. Vat. I, Schema de doctrina cathol. Nt. 9: Coll. Lac. VII 522.

4. Le?n Xlll, enc. Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893; DENZ. 1952 (3293) EB 125.

5. Cf. San Agust?n, Gen. ad litt. 2.9,20: PL 34,270-271; CSEL 28,1,46-47 y la Epist., 82,3: PL 33,277; CSEL 34,2 p. 354. Santo Tom?s, De ver. q 12 a. 2c Conc. Trident., decreto De canonicis Scriptur?s: DENZ. 783 (1501). Le?n Xlll, enc. Providentissimus Deus: EB 121, 124,126-127. P?o XlI, enc. Divino Afflante: EB 539.

Art?culo 12:

6. Cf. San Agust?n, De civ. Dei XVII 6,2 PL 41,537, CSEL 40,2,228.

7. Cf. San Agust?n, De doctrina christiana lll 18,26: PL 34,75-76; CSEL 80,95.

8. Cf. Pio Xll, I.c.: DENZ. 2294 (3829-3830), EB 557-562.

9. Cf. Benedicto XV, enc. Spiritus Paraclitus, 15 sept. 1920: EB 469. San Jer?nimo, In Gal. 5,19-21: PL 26,417 A.

10. Cf. Conc. Vat. I, const. dogm. de fe cat?lica Dei Filius c. 2: DENZ. 1788 (3007).

Art?culo 13:

11. San Juan Chris?stomo, In Gen. 3,8 hom. 17,1: PG 53,134. "Adaptaci?n" en griego se dice synkat?basis.

Cap?tulo IV

Art?culo 15:

1. Cf. Pio XI, enc. Mit Brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937: AAS 29 (1937) 151.

Art?culo 16:

2. Cf. San Agust?n Quaest. in Hept. 2,73: PL 34,623.

3. Cf. San Ireneo, Adv. haer. III 21,3: PG 7,950; 25,1; HARVEY, 2 p. 115. San Cirilo de Jerusal?n, Catech. 4,35: PG 33,497. TEODORO MOPS., In Soph. 1,4-6: PG 66,452 D-453 A.

Cap?tulo V

Art?culo 18:

1. Cf. San Ireneo, Adv. haer. III 11,8: PG 7,885; ed. SAGNARD, p. 194.

Art?culo 19:

2. Cf. Jn 14,26; 16,13

3. Cf. Jn 2,22; 12,16; comparado con 14,26; 16,12-13; 7,39.

4. Cf. instr. Sancta Mater Ecclesia, publicada por la Comisi?n B?blica; AAS 56 (1964) 715.

Cap?tulo VI

Art?culo 23:

1. Cf. P?o XII, enc. Divino afflante, 30 septiembre 1943: EB 551.553.567. PONT. COM. B?BLICA, Instructio de S. Scriptura in Clericorum Seminariis et Religiosorum Collegiis recte docenda, del 13 de mayo de 1950: AAS 42 (1950) 495-505.

2. Cf. P?o XII ibid.: EB 569.

Art?culo 24:

3. Cf. Le?n XIII, enc. Providentissimus Deus: EB 114. BENEDICTO XV, enc. Spiritus Paraclitus, 15 septiembre 1920: EB 483.

Art?culo 25:

4. Cf. San Agust?n, Serm. 179,1: PL 38,966.

5. San Jer?nimo, Com. in Is. pr?l.: PL 24,17. Cf. BENEDICTO XV, enc. Spiritus Paraclitus: EB 475-480. P?o XII, enc. Divino afflante: EB 544.

6. San Ambrosio, De officiis ministrorum I 20,88: PL 16,50.

7. Cf. San Ireneo, Adv. haer. IV,32,1: PG 7,1071 (49,2); HARVEY, 2 p. 255.

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